esperant els bàrbars


Ganar tiempo para salir de la crisis
28 Setembre, 2009, 10:55 am
Filed under: articles, progrés

Parece que sí, que estamos en plena crisis económica. Ha fallado casi todo, o en cualquier caso se han derrumbado instituciones que parecían seguras, estables, casi infalibles. Los valores y productos más solventes se han volatilizado, arrastrando buena parte de la riqueza a un pozo del que aún no hemos tocado fondo. Se habla de una crisis total, sistémica, de la que saldremos si modificamos a fondo nuestro modelo productivo. La cuestión, pues, es: ¿qué cambiamos?

La patronal, como es costumbre, ha propuesto bajar impuestos y cotizaciones. No se ha pronunciado a favor de recortar servicios públicos pero bueno, no hay que ser un lince para saber que con los impuestos pagamos los servicios. La izquierda ha reaccionado con medidas keynesianas, que tienen la ventaja de haber funcionado en otros momentos. En esta ocasión han añadido al keynesianismo la dimensión verde de las energías renovables, un sector económico estratégico y en el que por primera vez en mucho tiempo, gozamos de abundantes recursos naturales. Mas aún, en las últimas semanas el Gobierno central ha planteado un aumento de impuestos a las rentas de capital, medida que, desde un punto de vista progresista, estaría francamente bien y que, obviamente, ya ha generado polémica.

En cualquier caso, al plantear soluciones para salir de la crisis, para cambiar nuestro modelo productivo, nos remitimos siempre medidas industriales, a variables monetarias, a combinar los elementos conocidos de forma distinta a la actual. Es un ejercicio correcto y necesario si nos fijamos en los indicadores macroeconómicos: estamos lejos de los países avanzados en porcentaje del PIB en gasto social, vamos muy por atrás en los índices de productividad y los objetivos de Kyoto parecen inasumibles. Tres caminos por los que avanzar, pues: gasto social, productividad y desarrollo sostenible. No son caminos divergentes, al contrario, se podría hacer una trenza con ellos, y sería robusta. Si consiguiéramos mejorar en estas tres variables, nuestro futuro sería más esperanzador.

Sin embargo, quizás sea insuficiente. Relacionado con estas propuestas, hay un elemento en el que nos diferenciamos de nuestros vecinos (ya conciudadanos!) europeos: el uso y la organización del tiempo. Ni nuestro horario ni nuestro calendario observan un mínimo raciocinio, responden a inercias y vicisitudes históricas injustificables a día de hoy.

El tan manido horario mediterráneo es una farsa, es tan sólo horario español, y además es un fenómeno reciente, nuestros horarios eran parecidos a los de cualquier otro país europeo, llámese Francia o Portugal. La situación actual tiene su origen en los desajustes del mercado laboral durante el desarrollismo y al fenómeno del pluriempleo, con unas consecuencias muy negativas para el bienestar de las personas. Menos horas de sueño que la media europea, ritmos de vida desajustados del ciclo solar, imposibilidad de conciliar trabajo y vida personal… Y esto solo son los efectos directos. Si nos atrevemos a ir más allá, sin hacer demasiadas piruetas argumentales, podemos entender mejor fenómenos como el fracaso escolar, el bajo nivel de asociacionismo, la baja productividad, etc. El tiempo es un eje vertebrador de nuestras vidas y estos desajustes nos perjudican de forma tan cotidiana como imperceptible, especialmente a las mujeres y a los niños.

Nada más cuestionable que la felicidad presentada en forma de ciudad abierta 24 horas. La comodidad del gesto coditidiano, ir a comprar lo que necesito cuando lo necesito, es simétricamente correspondida con el esfuerzo de alguien que debe adaptar sus ritmos vitales (y los de su familia) a nuestros caprichos. El despliegue comercial y de servicios que exigimos, creyendo que el desarrollo es poder comprar mantequilla a las tres de la mañana, nos convierte, paradójicamente, en un país más atrasado. El reto de un país que quiere progresar hacia más altas cotas de bienestar pasa por la coordinación de los horarios comercial, laboral, escolar, de servicios, etc. Para superarlo se requiere un gran pacto social en el que se impliquen gobierno, patronal, sindicatos, medios de comunicación y parte de la sociedad civil. Se trata de un cambio cultural de gran magnitud.

Por si el desajuste horario fuera poco, nuestro calendario también es un desastre. Con rastros del calendario lunar (la semana santa), fiestas que nadie celebra ni entiende (8 de diciembre) y largos periodos de vacaciones (que no se aprovechan) alternados con largos periodos de trabajo (que tampoco son óptimos). Por ejemplo, el segundo trimestre del curso escolar puede variar del 22 de Marzo al 25 de Abril, son 35 días de variación. Así es imposible planificar los contenidos pedagógicos. Las lecciones deben acompasarse con los ritmos festivos, pero si estos varían anualmente, ¿deben variar también las lecciones? Esto no es acompasar, es arrastrar. No se entiende que no haya polémica sobre esta cuestión. He puesto el ejemplo del perjuicio educativo, pero se podría valorar el impacto en la productividad de esta situación y dudo que el resultado fuera muy distinto. Seguro que si preguntamos por el acueducto del 6 y el 8 de diciembre muchos empresarios nos darían la razón. Conste que no se trata de trabajar más, sinó mejor. Los mismos días de vacaciones al año se pueden repartir más eficientemente, y esto no es ningúna excentricidad. Los ingleses tienen un modelo mucho más racional, con los bank holidays, y a la vez respetuoso con una tradición religiosa como la pascua (el easter o lunes de semana santa).

Es necesario un cambio en nuestra forma de organizar y vivir el tiempo de que disponemos. Ahora sería un buen momento para hacerlo, porque podría ser un factor positivo para salir de la crisis… y porque nuestros cuerpos lo agradecerían.

Diario Público 25/09/09

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